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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">denarius</journal-id>
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				<journal-title>Denarius. Revista de Economía y Administración</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Denarius. Rev. econ. y admon.</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">2448-5403</issn>
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				<publisher-name>Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, Departamento de Economía</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.24275/uam/izt/dcsh/denarius/v2021n41/Giraud</article-id>
			<article-id pub-id-type="publisher-id">00008</article-id>
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					<subject>Artículos</subject>
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			<title-group>
				<article-title>¿Es la ciencia económica una farsa? Prólogo a <italic>la economía desenmascarada</italic> de Steve Keen<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref>
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					<trans-title>Is economic science a farce? Foreword to Steve Keen’s <italic>Economics Unmasked</italic></trans-title>
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						<surname>Giraud</surname>
						<given-names>Gael</given-names>
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				<day>20</day>
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				<year>2022</year>
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			<pub-date pub-type="epub-ppub">
				<season>Jul-Dec</season>
				<year>2021</year>
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			<volume>2</volume>
			<issue>41</issue>
			<fpage>171</fpage>
			<lpage>183</lpage>
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					<day>08</day>
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					<year>2021</year>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>El libro para el que se escribió este prólogo es un reclamo, el de un economista académico que cuestiona a su comunidad y, más que a ella, a toda la sociedad. Las preguntas que nos dirige son las que todos nos hacemos: ¿A qué se debe que tan pocos economistas hayan sido capaces de anticipar, incluso confusamente, una catástrofe tan importante como la crisis financiera de 2008? ¿Qué ha cambiado en su concepción del mundo a raíz de la crisis?</p>
				<p>Algunos de entre nosotros, los economistas, responderán con gusto: la crisis <italic>subprime</italic> fue una “sorpresa absoluta”, un “cisne negro”, un evento de “cola de distribución”. Por supuesto, puede que nos haya faltado vigilancia, <italic>nostra culpa</italic>, pero, al final, era imposible anticipar lo insólito. Y es precisamente por eso que no hemos cambiado casi nada a nuestros modelos económicos. Aparte de algunas minucias aquí y allá, ¿de qué serviría modificar profundamente representaciones teóricas respecto a las cuales tenemos todas las razones para pensar que son las menos malas posibles? <italic>Absolutio</italic>.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>The book for which this foreword was written is a claim, that of an academic economist who questions his community and, more than it, the whole of society. The questions he asks us are the ones we all ask ourselves: Why is it that so few economists have been able to anticipate, even confusedly, a catastrophe as important as the financial crisis of 2008? What has changed in your conception of the world as a result of the crisis?</p>
				<p>Some of us economists will gladly answer: the subprime crisis was an “absolute surprise”, a “black swan”, a “distribution tail” event. Of course, we may have lacked vigilance, nostra culpa, but in the end, it was impossible to anticipate the unusual. And that is precisely why we have changed almost nothing to our economic models. Apart from a few minutiae here and there, what use would it be to profoundly modify theoretical representations about which we have every reason to think that they are the least bad possible? <italic>Absolutio</italic>.</p>
			</trans-abstract>
			<counts>
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				<table-count count="0"/>
				<equation-count count="0"/>
				<ref-count count="5"/>
				<page-count count="13"/>
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	<body>
		<verse-group>
			<verse-line>“Algunas veces Pangloss le decía a Cándido:</verse-line>
			<verse-line>Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los</verse-line>
			<verse-line>mundos posibles; porque finalmente si no lo hubieran echado de un</verse-line>
			<verse-line>hermoso castillo con grandes patadas en el trasero por el amor de la</verse-line>
			<verse-line>señorita Cunégonde, si no lo hubieran entregado a la Inquisición, si</verse-line>
			<verse-line>no hubiera recorrido América a pie, si no le hubiera dado una buena</verse-line>
			<verse-line>estocada al barón, si no hubiera perdido todas sus ovejas del buen país</verse-line>
			<verse-line>Eldorado, usted no estaría aquí comiendo cidra confitada y pistachos.”</verse-line>
			<attrib>Voltaire, <italic>Cándido</italic></attrib>
		</verse-group>
		<p>Keen responde: algunos observadores, incluido él mismo, habían anticipado el mecanismo perverso que, desde el crédito al consumo destinado a los hogares pobres, condujo a una tormenta bursátil y a una recesión económica como no la habíamos visto desde la década de 1930<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref>. Por lo tanto, sólo a condición de poseer el enfoque analítico correcto, la llegada de este “cisne negro” podría, por el contrario, haber sido previsto, si no la hora exacta, al menos su inminencia. Basándose en esta constatación, Keen se remonta a la fuente del problema: la teoría económica misma.</p>
		<p>El lector del libro pronto descubrirá, sin duda sorprendido, que en la mayoría de los modelos neoclásicos que dominan la profesión, una crisis como la de 2008 es simplemente imposible. ¿Podemos imaginar a los sismólogos trabajando con modelos que excluyen todo tipo de terremoto? Sin embargo, esta es la situación actual de la “ciencia económica”. ¿Qué hay de sorprendente entonces si, desde el comienzo del experimento de desregulación que comenzó en la década de 1980, el sistema financiero internacional ha experimentado, en promedio, una crisis grave cada cuatro años? Sin embargo, esto ocurre sin que la mayoría de nosotros los economistas estemos alarmados por tal acumulación de catástrofes. En teoría, los mercados financieros deben ser eficientes, y estos fracasos simplemente nunca deberían ocurrir... ¿Qué diríamos si un cometa similar al cometa Halley se estrellara en nuestro suelo cada cuatro años en medio de astrofísicos ocupados trabajando con una imagen del sistema solar construida bajo el supuesto de que ningún meteorito puede golpear nuestro planeta?</p>
		<p>Peor aún: en la mayoría de los modelos con los que trabajamos los economistas, el dinero existe sólo como una unidad de cuenta, como un termómetro que únicamente registra la temperatura ambiente. Cambiar la cantidad de dinero en circulación no debería ser más importante que pasar de grados Celsius a Kelvin, y viceversa. Sin embargo, todos los estudios empíricos muestran lo contrario: lejos de ser neutral, la moneda ejerce una influencia decisiva en el ciclo económico, el desempleo, el crecimiento. Algunos de nosotros se defienden a este respecto diciendo que se trata de una ilusión óptica: siempre y cuando esperemos lo suficiente, y si, mientras tanto, nuestras economías no experimentaran revueltas que pudieran enturbiar nuestro estudio, veríamos que, a largo plazo, la moneda funciona como un instrumento de medición. Nada más.</p>
		<p>¿La larga duración? ¿Pero cuándo empieza? ¿Quién la ha observado alguna vez? ¿Qué diferencia epistemológica hay entre tal postura y la de los viejos marxistas que afirmaron haber descubierto la “ley de bronce” de la historia (la disminución tendencial de la tasa de ganancia) y, ante la refutación, se aferraron a la escatología de la Gran Noche?</p>
		<p>Cuando ya no es la de unos pocos individuos, inofensivos debido a su aislamiento, sino la de toda una profesión universitaria, semejante negación de la realidad es algo grave. Nos lleva a desplegar los modelos de un mundo que no es el nuestro: un mundo sin dinero y sin sector bancario, donde el capital se acumula por sí solo sin ser producido por nadie y donde el sector productivo, porque se supone que tiene rendimientos constantes de escala, nunca obtiene una ganancia agregada neta. Una galaxia imaginaria poblada por caballeros dotados de una capacidad de cálculo infinita, capaz de anticipar el nivel de todos los precios (entonces, ¿qué hay de los “cisnes negros”?) hasta el final del tiempo, los cuales juegan en mercados eficientes, siempre en equilibrio. Un mundo ergódico, lineal, gaussiano y estable, al que sólo ocasionalmente perturban choques exógenos de origen desconocido, pero que, en promedio y a largo plazo (¿cuándo comienza éste, exactamente?), no alteran las virtudes del cosmos.</p>
		<p>En un mundo así, el desempleo involuntario no existe, excepto bajo la forma de una fricción insignificante y temporal. ¿Acaso no sufrimos en Europa desde hace cuarenta años el desempleo masivo y de larga duración? ¿La mitad de los jóvenes en España no están hoy desempleados? Esto se debe, según la microeconomía de la Escuela, a que ellos prefieren tomarse unas vacaciones en lugar de trabajar. A menos que sean víctimas de la excesiva rigidez del mercado laboral: el salario mínimo, los procedimientos de despido...</p>
		<p>En un mundo así, si las desigualdades de ingresos y de capital han explotado, esto no puede provenir de algo inapropiado en la forma en que se distribuye la riqueza porque, según la teoría, dicha distribución es, en general, óptima. Cualquier intento serio de corregir las desigualdades, tarde o temprano, conduciría a entorpecer la fina relojería de los mercados. ¿Un financiero recibe más de un millón de euros al mes, cuando está menos calificado que un ingeniero al que se le pagan tres mil euros? La razón de tal discrepancia debe ser clara: es porque la “productividad marginal” del financiero es trescientas veces mayor que la de ese ingeniero. Y mil veces mayor que la de cualquiera que gana el salario mínimo...</p>
		<p>En tal mundo, un fenómeno como la deflación también se está volviendo imposible. ¿Acaso no lucha Japón en una trampa deflacionaria desde hace más de veinte años<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref>? No, es simplemente “desinflación prolongada”. “Además, espera, verás, Japón pronto despegará de nuevo, como España, Portugal, Grecia...” ¿No está Japón, sin embargo, plagado de deudas (privadas y públicas), como casi todos los países europeos?, ¿no es probable que estas deudas obstruyan cualquier recuperación económica? “Es porque, en la mayoría de nuestros modelos, las deudas no existen ...”<xref ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref>
		</p>
		<p>Los responsables de la toma de decisiones que trabajan en el “mundo real”, el de las empresas, no se equivocan: ¿cuántos no he conocido para los que la mayoría de los economistas cuentan historias para dormir de pie? Este divorcio es trágico. Tanto para los economistas, muchos de los cuales ya no saben lo que es una empresa (a menos que se trate de una caja negra destinada a producir dinero en efectivo por la gestión inteligente de la zanahoria y el palo infligida a sus empleados<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref>), como para los ejecutivos de negocios que se ven privados de los medios para pensar en las consecuencias macroeconómicas de sus acciones<xref ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref>.</p>
		<p>La situación no es mucho más brillante del lado de las autoridades públicas porque, en el mundo que analizamos los economistas, la política económica tampoco tiene sentido: ¿hemos visto a un médico que entregaría el diagnóstico vital de un paciente a la decisión democrática de la mayoría de sus familiares? Si tiene una relación ingenuamente positivista con la medicina, nunca lo hará. Podría matar al paciente. Y la noche del funeral, explicaría a los afligidos padres: “<italic>Too bad</italic>, fue una enfermedad rara, sin precedentes. Lo siento mucho.” Keen insiste con razón en este punto: la compasión de nuestro economista será sincera. Porque realmente cree en la verdad de su “ciencia”. A menos que se enfade y tome un tono severo, al estilo de Molière: “Tu hijo no debería haber muerto. Simplemente, no aceptó sufrir lo suficiente. Otro sangrado más y correría mañana en el jardín. No puedes salvar a nadie contra su voluntad.” ¿Acaso, por casualidad, no habrían causado el “sangrado” (por ejemplo, los planes de ajuste estructural infligidos con pérdida total a los países del sur de Europa) la muerte del paciente? Esta pregunta no puede ser respondida con las herramientas de la teoría económica dominante porque, para ella, el paciente nunca debería haberse enfermado.</p>
		<p>***</p>
		<p>A finales del siglo XIX, la física se enfrentaba a un problema importante: ¿cómo explicar el fenómeno establecido por los experimentos de Michelson y Morley que demostraban que la velocidad de la luz en el vacío es independiente del marco de referencia (sin aceleración) a partir del cual se mide? La comunidad de físicos creía en la existencia del éter, una sustancia “sutil”, inaccesible para la experimentación y encargada de explicar lo que la electrodinámica clásica y la gravitación newtoniana no podía justificar. Ahora bien, el experimento de Michelson-Morley (1881-1887) contradijo radicalmente la hipótesis del éter. Consternados, algunos científicos estaban dispuestos a sacrificar la experiencia empírica para preservar el dogma del éter. En Boston, Harvard incluso había construido un nuevo edificio para el Instituto Jefferson, sin el más mínimo clavo de hierro, para evitar interferencias en las futuras mediciones del éter. Se necesitó la audacia de un joven ingeniero aislado en Berna, Albert Einstein, para atreverse a cuestionar la teoría del éter, y proponer, en 1905, la teoría de la relatividad restringida (pronto confirmada empíricamente). El libro de Steve Keen muestra que la mayor parte de la teoría económica contemporánea se basa en conceptos similares a los del éter. Elegantes pero inaccesibles para la experiencia. Y, en su mayor parte -aquí es donde termina la analogía con la física del siglo XIX- incoherente.</p>
		<p>Un ejemplo entre muchos: la tasa de desempleo sin aceleración de la inflación (NAIRU). Esta es la tasa de desempleo de larga duración (¿Cuándo... precisamente?) compatible con el equilibrio simultáneo de todos los mercados (en particular el mercado laboral) y con una tasa de inflación constante. Cualquier intento de reducir el desempleo por debajo de este umbral estaría destinado al fracaso y condenado a no tener ningún otro efecto que la aceleración innecesaria de la inflación<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref>, con la excepción, por supuesto, de las “reformas estructurales” destinadas a flexibilizar el mercado laboral o a aliviar a las empresas de cualquier carga fiscal. Sin embargo, un país como Suiza ha tenido un desempleo inferior al 5% durante décadas. Y Francia, durante los Treinta Gloriosos<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref>, conocía el pleno empleo. Sin embargo, el mercado de trabajo de estos dos ejemplos no se parece en nada a la subasta humana, transparente e idealmente flexible, la única capaz, según la teoría, de reducir el NAIRU. No obstante, según Gregory Mankiw, profesor de macroeconomía en Harvard, y una de las voces sobresalientes de la economía contemporánea, los malos espíritus se equivocan al culpar a los economistas por no ser capaces de medir la NAIRU. En su libro de texto, una de las referencias académicas en los Estados Unidos (y en el mundo), Mankiw explica, en efecto, que los físicos tienen un margen de error al medir la distancia entre las estrellas que oscila entre el 50% y el 100%<xref ref-type="fn" rid="fn9"><sup>9</sup></xref>. Dado que esa inexactitud es tolerable en el mundo bien regulado de la mecánica celeste, sugiere, no hay nada alarmante si los economistas dudamos respecto del verdadero nivel de una noción tan difícil de definir como la NAIRU. ¿No es así?</p>
		<p>Puede ser, salvo que la distancia Tierra-Sol se conoce con una precisión de unos diez dígitos después de la coma (&lt;<ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="http://fr.wikipedia.org/wiki/Terre">http://fr.wikipedia.org/wiki/Terre</ext-link>&gt;). Del mismo modo, el paralaje anual nos permite conocer la distancia del Sol a unas 100 000 estrellas con una precisión más de un millón de veces mayor a la que Mankiew atribuye a los físicos. ¿Cómo puede un profesor universitario (independientemente de su disciplina) atreverse a escribir semejante aberración?, ¿y en un libro de texto? Si la distancia Tierra-Sol es estimada aproximadamente en una unidad astronómica (UA), entonces el margen de error que Mankiw presta a los astrofísicos permitiría a la Tierra estar a una distancia entre 0,5 UA y 2 UA. Sabiendo que Venus está a 0,7 UA y Marte, a 1,5 UA del Sol, tenemos derecho a preguntarnos: ¿En qué mundo vive Mankiw? En el mundo de los economistas <italic>mainstream</italic>.</p>
		<p>La fuerza de <italic>La Economía Desenmascarada</italic> es proponer una deconstrucción sistemática y razonada de ese mundo. Hasta donde yo sé, nadie había intentado, hasta ahora, articular todas las críticas que se pueden hacer sobre el corpus neoclásico. No sólo las críticas externas (el sentido común, como todos los experimentos de laboratorio, indican que los seres humanos no son de ninguna manera como el <italic>Homo œconomicus</italic> de la teoría), sino también, y sobre todo, las críticas internas: la incoherencia de la “ley de la demanda”, las debilidades del concepto de competencia perfecta, la controversia de Cambridge sobre el capital, la contradicción inherente a la llamada “crítica de Lucas”, el carácter profundamente anti-keynesiano de la economía “neokeynesiana”, etc. ¿Qué queda al final de este viaje? Ruinas humeantes. Incluso la idea, por antigua que sea, de que los precios de mercado nacen de la confrontación de una demanda y una oferta, se ve socavada: con ella colapsa la última justificación del “precio justo” tal y como fue desarrollado, en el siglo XVI, por los pensadores de la escuela de Salamanca (Martín de Azpicuelta, Luis Saravia de la Calle), en reacción a la manipulación del dinero por parte de los monarcas. No, el valor de los bienes y servicios no está determinado en última instancia por la igualdad de oferta y demanda. En todo caso, la teoría que afirma esto incumple su promesa. No por cuestiones secundarias, sino porque no llega a presentar las pruebas. Así que la teoría económica, si queremos que sea otra cosa que una serie de cuentos de hadas, necesita ser reescrita de arriba a abajo.</p>
		<p>Cometer errores es parte del proceso normal inherente a la investigación científica. El propio Einstein cometió un error al añadir una constante cosmológica a su modelo del universo, con el fin de garantizar la estabilidad de este último. Después de que Edwin Hubble demostró que el universo se está expandiendo, Einstein se referirá a su constante como su “error más grave”. Además, posteriormente, hemos tenido que volver a corregir las ecuaciones iniciales del modelo cosmológico relativista para tener en cuenta la aceleración de esta expansión bajo el efecto de la energía oscura, un concepto en sí mismo sujeto a controversia, lo que hace constar el hecho de que la física, también, posee sus oscuridades.</p>
		<p>La economía contemporánea, y esta es otra lección en este libro, se niega a admitir sus errores salvo bajo una forma estrictamente retórica. Como consecuencia, resulta incapaz de aprender de sus fracasos. Y, de hecho, mientras que todas las ciencias fueron profundamente rediseñadas durante el siglo XX (como la teoría matemática de conjuntos, la mecánica cuántica y relativista, la genética, etc.), la economía contemporánea no es más que un refinamiento más o menos sofisticado de un paradigma derivado de la “psicología racional”, desarrollada a principios de la década de 1870. Como si las principales contribuciones de Schumpeter, Keynes, Kalecki, Sraffa, Minsky... no hubieran aportado nada a la inteligencia de los principales acontecimientos económicos del siglo XX.</p>
		<p>Sin embargo, gran parte de las críticas en este libro han sido formuladas por economistas ortodoxos. Durante el siglo pasado, las voces más autorizadas se han elevado para advertir que los cimientos del edificio habían sido puestos al revés (Schumpeter, Samuelson, Debreu, Solow, Kydland, Prescott, Mas-Colell, Fama...). Pero sus protestas fueron olvidadas, o enterradas bajo un diluvio de enmiendas que, sin cambiar nada a lo esencial, podían dar la impresión de que el problema ya había sido tratado. A menos que los denunciantes, después de haber cambiado de opinión, se hayan reconciliado con la “doctrina sana” y hayan denunciado sus propias críticas anteriores, sin explicar nunca, además, por qué se habían equivocado al dar la voz de alarma. Uno piensa en las “confesiones espontáneas” de los juicios de Moscú...</p>
		<p>El lector, asombrado, sin duda recordará: los veteranos bolcheviques que comparecieron en juicio bajo Stalin tenían interés en acusarse a sí mismos a fin de morir rápidamente, salvándose así de sufrimientos atroces. Entonces, ¿qué temen los economistas <italic>mainstream</italic>, que guardan silencio sobre las inconsistencias de su teoría o sus contradicciones con la experiencia empírica diaria? Nada, salvo el riesgo de ser marginados en el mundo académico, de no poder publicar en ninguna revista líder, de perder sus carreras. Y, por lo tanto, no poder beneficiarse nunca de la ganancia a la que las <italic>revolving doors</italic> (en los Estados Unidos como en Europa) dan acceso: la de los consultores financieros, en particular, que, de la noche a la mañana, pueden multiplicar su “productividad marginal” por 10, 50, 100... Seamos justos: la mayoría de nosotros ni siquiera sabe que hay un problema con la teoría. No hay nada en la profesión que nos anime a dar un paso atrás y a arriesgarnos a dirigirle una mirada crítica.</p>
		<p>Steve Keen es uno de los raros economistas que se atreven a correr tal riesgo.</p>
		<p>***</p>
		<p>Cada año, me encuentro con estudiantes de economía literalmente deprimidos: siendo que se habían embarcado en sus estudios con la esperanza de aprender cómo ayudar al mundo a salir de sus problemas, se ven obligados a estudiar una disciplina que, en su parte esencial, se reduce a pequeños ejercicios de microeconomía cuya conexión con la vida real les escapa en gran medida. Si bien, generosamente, querían inventar las formas de actuar, vivir, producir, consumir que harían a este mundo menos injusto mañana y les permitirían hacer frente al formidable desafío del cambio climático, se enfrentan a una teoría de la “armonía preestablecida” junto a la cual la de Leibniz y el Dr. Pangloss todavía peca por el exceso de pragmatismo. ¿El concepto de justicia social? Un sin sentido para la economía, nos explica Hayek. ¿Calentamiento global? Una pregunta secundaria: tan pronto como las inversiones necesarias para la transición ecológica se vuelvan rentables (¡y, dado el desastre anunciado, lo son!), los mercados eficientes las apoyarán<xref ref-type="fn" rid="fn10"><sup>10</sup></xref>…</p>
		<p>Con muy pocas excepciones, las principales universidades y escuelas internacionales, revistas internacionales de nivel 1, libros de texto de referencia... todos enseñan, se refieren o bien obligan a referirse a un corpus central que se deriva de las teorías de la escuela neoclásica a la que se dedica esta obra, incluso los “neo keynesianos” se basan en ella. Este corpus <italic>mainstream</italic> goza de la influencia suficiente como para que los economistas expertos que asesoran a los centros de poder político (gobiernos, la Comisión Europea) y las principales instituciones (el FMI, el Banco Mundial, los bancos centrales, etc.) se refieran sistemáticamente a él, a menos que puedan justificarse ampliamente siempre que no razonen “dentro del marco”. Los estudiantes que conozco no tienen, por lo tanto, nada excepcional, salvo el coraje de indignarse.</p>
		<p>A veces los más intrépidos se atreven a sincerarse a algún profesor de economía: “No es de extrañar su frustración, queridos niños, escuchan como respuesta, son ustedes nulos en matemáticas. ¡Así que no traten de ocultar su mediocridad bajo el manto de una protesta ignorante!” Sin embargo, los raros matemáticos auténticos que se interesan en la economía, generalmente se retiran molestos preguntando respecto a los habituales sistemas de ecuaciones lineales alrededor de un punto fijo al que se supone localmente estable: ¿Pueden enseñarnos algo relevante sobre el mundo altamente no lineal, complejo (en el sentido técnico del término) y caótico (idem) que es el nuestro? A menos que decidan atacar el problema de frente, y proponer una alternativa profunda a la vulgata dominante. Esto es lo que hizo John M. Keynes, un probabilista por formación, también Richard M. Goodwin, un matemático de Harvard.</p>
		<p>Por lo tanto, los problemas de la economía contemporánea no surgen del uso excesivo de las matemáticas, sino de su mal uso, a veces únicamente con el propósito de excluir a los curiosos que pueden hacer preguntas perturbadoras. Con el fin de hacer oír esto, y para demostrar que es posible hacer economía inteligente “para los nulos (en matemáticas)”, Keen eligió escribir un libro sin la más mínima ecuación.</p>
		<p>En cuanto al modelo cíclico de Goodwin, él constituye la versión elemental de la teoría alternativa de Keen. Su autor, por supuesto, no afirma que este último es el único candidato para reemplazar la teoría dominante moribunda: se encarga de presentar a su lector a la media docena de enfoques alternativos actualmente en la carrera. De esta manera, se abre otro mundo ante nuestros ojos: una economía en la que los trabajadores desempleados y empleados a tiempo parcial quisieran trabajar más pero no encontraran trabajo, y no lo encontrarán inclusive después de que el salario mínimo haya sido suprimido. Un mundo, como el nuestro, donde los bancos privados crean dinero todos los días; donde la acumulación de deudas (privadas primero, luego públicas) conduce al conjunto de la economía a la ruina; donde el poder público tiene una misión esencial, la de estabilizar un sistema que, sin él, resulta profundamente inestable. El final del libro atestigua esto: hay alternativas al corpus dominante. Esto elimina nuestra última tentación, como economistas, de persistir en el razonamiento con modelos que algunos de nosotros sabemos que son inconsistentes, con el argumento de que serían las únicas herramientas a nuestra disposición. Cuando hay una teoría heliocéntrica coherente, e incluso varias, ¿por qué empecinarse en pretender que el Sol gira alrededor de la Tierra?</p>
		<p>Por supuesto, y esto lo reconocen fácilmente los economistas “ortodoxos”, la economía ha desbrozado muchas más opciones teóricas que las que estructuran la economía neoclásica. Por supuesto, la enseñanza puede ser, en algunos campos, plural y abierta. Pero esta diversidad aparente no debe alimentar ilusiones: la mayor parte del pensamiento dominante en la economía está directamente, y exclusivamente, inspirado por el corpus central que Keen deconstruye. Porque también puede proclamarse “pluralista” aquel que, en lugar de enriquecer la economía con otras formas de ver el mundo, contribuye a fortalecer su paradigma dominante (y a empobrecer las disciplinas vecinas) mediante la colonización de todo el campo del conocimiento humano: sociología, historia, antropología, ética... imponiéndoles el marco conceptual neoclásico.</p>
		<p>Algunos reconocerán en estas estrategias de recuperación la ductilidad del “nuevo espíritu del capitalismo” analizado por Boltanski y Chiapello<xref ref-type="fn" rid="fn11"><sup>11</sup></xref>. En cualquier caso, no era tan fácil, por lo tanto, señalar cuál es el corazón de este corpus central. Tal vez sea el primer crédito de Steve Keen el haberlo identificado.</p>
		<p>El problema no es el de una simple polémica bizantina. ¿Así que no aprendimos ninguna lección del período de entreguerras? ¿Hemos olvidado la victoria electoral democrática de Hitler en enero de 1933, después de tres años de austeridad fiscal orquestada por el canciller Heinrich Brunning en un país sumido en la deflación como resultado del colapso de 1929? ¿Por qué algunos de nosotros pretendemos creer que el desvío antidemocrático de Alemania está vinculado al episodio de hiperinflación de Weimar, siendo que este último tuvo lugar en… 1923? Hacer estas preguntas es recordar la responsabilidad cívica de los economistas: no sólo asesorar a los responsables de la toma de decisiones financieras y al príncipe, sino también iluminar a la opinión pública, el único garante de la legitimidad democrática de nuestras decisiones.</p>
		<p>Que este libro contribuya al debate que estallará tarde o temprano, tanto en las aulas como en los pasillos de los ministerios y de los bancos centrales, en las columnas de los periódicos y en los programas de televisión: el cuestionamiento necesario de una teoría económica, la nuestra, que no sólo no nos ayuda a sanar las heridas que los colapsos financieros infligen a nuestra sociedad, sino que también contribuye, por su ceguera, a propiciar nuevas crisis<xref ref-type="fn" rid="fn12"><sup>12</sup></xref>.</p>
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			<title>Referencias</title>
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				<mixed-citation>Boltansky L. y Chiapello E. (2011) <italic>Le nouvel esprit du capitalisme</italic>. Gallimard.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Giraud G. (2012) <italic>Illusion financiè e</italic>, Les Éditions de l’Atelier, Ivry-sur-Seine.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Giraud G. (2012) <italic>La théorie des incitaciones</italic> en <italic>La théorie des jeux</italic>, 3era edición. Flammarion, Paris.</mixed-citation>
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							<surname>Giraud</surname>
							<given-names>G.</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<year>2012</year>
					<source>La théorie des incitaciones en La théorie des jeux</source>
					<edition>3era edición</edition>
					<publisher-name>Flammarion</publisher-name>
					<publisher-loc>Paris</publisher-loc>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B4">
				<mixed-citation>Graever (2005) <italic>D. Dette. 5000 ans d‘histoire</italic>. Les Liens qui Liberent, Paris</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="book">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Graever</surname>
							<given-names/>
						</name>
					</person-group>
					<year>2005</year>
					<source>D. Dette. 5000 ans d‘histoire</source>
					<publisher-name>Les Liens qui Liberent</publisher-name>
					<publisher-loc>Paris</publisher-loc>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B5">
				<mixed-citation>Mankiw G. N., (2010) <italic>Macroeconomics</italic> (7th ed.), Worth publishers, Londres, 2010, p. 395.</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="book">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Mankiw</surname>
							<given-names>G. N.</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<year>2010</year>
					<source>Macroeconomics</source>
					<edition>7th ed.</edition>
					<publisher-name>Worth publishers</publisher-name>
					<publisher-loc>Londres</publisher-loc>
					<comment>2010</comment>
					<fpage>395</fpage>
					<lpage>395</lpage>
				</element-citation>
			</ref>
		</ref-list>
		<fn-group>
			<fn fn-type="other" id="fn1">
				<label>1</label>
				<p>Publicación traducida: (2014) Keen S. y Giraud G. (Prólogo) <italic>L’Imposture économique</italic>, Editions de l’Atelier, Paris. Edición original: (2001) Keen S. <italic>Debunking Economics</italic>, Zed Books. Edición en español: (2015) Keen S. <italic>La economía desenmascarada</italic>. Capitán Swing. Se utilizó la versión publicada en la Revista E.M.A.U.S 2015/1 No. 45, páginas 329 a 340 que fue ligeramente modificada por su autor respecto a la que apareció en el libro.</p>
				<p>Traducción de <bold>Alberto Benítez Sánchez</bold>, Profesor-Investigador Titular C del Departamento de Economía de la UAM-Iztapalapa. Correo: <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="http://besa@xanum.uam.mx">besa@xanum.uam.mx</ext-link>
					<ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://www.cairn.info/revue-du-mauss-2015-1-page-329.htm">https://www.cairn.info/revue-du-mauss-2015-1-page-329.htm</ext-link>
				</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn2">
				<label>2</label>
				<p>La primera versión del libro, en inglés, es de 2001, fecha en la cual Keen ya había predicho que la burbuja de internet terminaría por explotar.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>Después de haber sufrido él también una crisis de <italic>subprimes</italic> al principio de los años 1990: sin duda un enésimo “cisne negro”.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn4">
				<label>4</label>
				<p>Extraña situación en la que todo el mundo no cesa de hablar de deudas y en la que un antropólogo como David Graeber nos explica que ésta estructura nuestras sociedades desde hace cinco milenios, mientras que tantos economistas razonan desde hace un siglo sobre representaciones del mundo ¡en las que las deudas no existen! Véase <xref ref-type="bibr" rid="B4">(2005) Graever</xref><italic>D. Dette. 5000 ans d‘histoire.</italic> Les Liens qui Liberent, Paris</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn5">
				<label>5</label>
				<p><italic>La théorie des incitaciones</italic> en <xref ref-type="bibr" rid="B3">(2012) Giraud G.</xref><italic>La théorie des jeux</italic>, 3era edición. Flammarion, Paris.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn6">
				<label>6</label>
				<p>Como se verá en el libro, la macroeconomía nace, en los años 1930, de la observación que la economía, como la física, conoce fenómenos emergentes: el todo es distinto a la suma de sus partes. Por haber reconstruido la macroeconomía a partir de los años 1970 eliminando <italic>a priori</italic> todo efecto emergente, hemos reducido la macroeconomía al estatuto de microeconomía aplicada.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn7">
				<label>7</label>
				<p>El lector impertinente no dejará de preguntarse: si el dinero es una pura convención, y si la inflación (precios, salarios y subsidios), como ustedes pretenden, ustedes los economistas, es sobre todo un fenómeno monetario, ¿por qué se ha considerado a la inflación, durante los últimos cuarenta años, como el peor de los flagelos?</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn8">
				<label>8</label>
				<p><italic>Nota del traductor</italic>: Se designa con esta expresión a los 30 años que van de 1945 a 1975 durante los cuales el crecimiento de la economía francesa fue particularmente elevado.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn9">
				<label>9</label>
				<p>
					<xref ref-type="bibr" rid="B5">(2010) Mankiw G. N.</xref>, <italic>Macroeconomics</italic> (7th ed.), Worth publishers, Londres, 2010, p. 395.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn10">
				<label>10</label>
				<p>Véase <xref ref-type="bibr" rid="B2">(2012) Giraud G.</xref><italic>Illusion financiè e</italic>, Les Éditions de l’Atelier, Ivry-sur-Seine.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn11">
				<label>11</label>
				<p><italic>Nota del traductor</italic>. Véase <xref ref-type="bibr" rid="B1">(2011) Boltansky L. y Chiapello E.</xref><italic>Le nouvel esprit du capitalisme</italic>. Gallimard.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn12">
				<label>12</label>
				<p>Agradezco a Alain Grandjean, Ségolène Lepiller y Cécile Renouard por su lectura de algunos capítulos de la excelente traducción de mi estudiante, Aurélien Goutsmedt. Gracias también a las ediciones de l’Atelier por su apoyo.</p>
			</fn>
		</fn-group>
	</back>
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