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<journal-title specific-use="original" xml:lang="en">Mundo Agrario</journal-title>
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<publisher-name>Universidad Nacional de La Plata</publisher-name>
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<article-id pub-id-type="doi">https://doi.org/10.24215/15155994e114</article-id>
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<subject>Artículo</subject>
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<bold>Modernización y naturaleza. Auge y declive de la hacienda cañera y de fincas cafetaleras en el distrito de Teotitlán del Camino, Oaxaca, 1888-1917</bold>
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<trans-title xml:lang="en">Modernization  and Nature. Rise and decline of the sugar cane Hacienda and private  coffee plantations in the Teotitlán del Camino district, Oaxaca,  1888-1917</trans-title>
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<year>2019</year>
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<issue>44</issue>
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<title>Resumen</title>
<p>Los  análisis de la aplicación de las políticas liberales decimonónicas  sobre tierras y aguas en México han considerado primordialmente  variables sociopolíticas y económicas para explicar sus  repercusiones en los ámbitos regionales. El propósito del presente  artículo es sumar la observación de la influencia de la naturaleza  en los resultados de esas políticas, particularmente en el distrito  de Teotitlán del Camino, Oaxaca. Mediante la identificación de lo  acaecido en sus dos espacios socionaturales, conformados por  características distintivas, se ilustrará que la naturaleza  posibilitó el impulso de proyectos cañeros y cafetaleros privados,  pero también constituyó un actor principal en su posterior declive.</p>
</abstract>
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<title>Abstract</title>
<p>The  studies of liberal land and water policies of the 19th century in  Mexico have primarily considered socio-political and economic factors  to explain their repercussions in regional areas. The purpose of this  article is to add the observation of the influence of nature on the  results of such policies, particularly in the district of Teotitlán  del Camino, Oaxaca. By identifying what happened in its two  socionatural spaces, made up of distinctive characteristics, it will  be illustrated that nature enabled to promote private cane and coffee  projects, but also constituted a main actor in their subsequent  decline.</p>
</trans-abstract>
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<title>Palabras clave</title>
<kwd>Desamortización</kwd>
<kwd>Modernización</kwd>
<kwd>Reformas liberale</kwd>
<kwd>Reformas liberales</kwd>
<kwd>Federalización de aguas</kwd>
<kwd>Naturaleza</kwd>
<kwd>México</kwd>
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<title>Keywords</title>
<kwd>Desamortizacion</kwd>
<kwd>Modernization</kwd>
<kwd>Liberal reforms</kwd>
<kwd>Federalization of water</kwd>
<kwd>Nature</kwd>
<kwd>México</kwd>
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<sec>
<title>
<bold>Introducción</bold>
</title>
<p>La  aplicación de las reformas liberales decimonónicas sobre tierras y  aguas en México ha sido objeto de numerosos e ilustrativos estudios  enfocados en distintas latitudes de su territorio, los cuales han  dado cuenta de la variedad de posturas y acciones de actores sociales  que incidieron en sus también diversos resultados. De tales  trabajos, los realizados en las últimas tres décadas (por ejemplo  Buve y Falcón, 1998;<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref12"> Falcón, 2006</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref10">Escobar Ohmstede, 2012</xref>) han  ofrecido una imagen matizada, en “escala de grises”, respecto de  la que se había vertido en “blanco y negro” en análisis de la  primer mitad del siglo pasado (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref45">Tannenbaum, 2003</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref26">Molina, 1909/2016</xref>)<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>
</sup>.  En estos últimos había predominado la tendencia a ubicar a  indígenas y campesinos como los actores perdedores luego de la  aplicación de la legislación sobre división y adjudicación de las  tierras comunales, pues, con base en ella, hacendados, terratenientes  y agroempresarios les habrían arrebatado extensas tierras y recursos  implícitos. En contraste, la historiografía de las últimas  décadas, enfocada en mayor grado a observar dinámicas regionales y  locales, ha identificado que no siempre fue así, ya que en no pocas  ocasiones los habitantes de los pueblos contaron con amplios márgenes  de acción durante la aplicación de la ley, por ejemplo, cuando  pudieron evitar perder parte de sus recursos naturales ante  interesados privados, o incluso cuando se beneficiaron con la  obtención de tierras privadas para incorporarlas a su régimen  comunal (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref39">Schenk, 1995</xref>). De manera implícita, los terratenientes no  siempre fueron omnipotentes en su competencia con ayuntamientos o  pueblos por controlar tierras, bosques o aguas. Tampoco lo fue el  Estado en su intento de modernizar al sector agrario mediante la  gestación y aplicación de la novedosa legislación, lo cual se  debió a sus propias limitaciones institucionales y a resistencias  locales (Buve y Falcón, 1998), como fue el caso de las leyes  dirigidas a la privatización de tierras, a partir de 1856, y a la  federalización de aguas, desde junio de 1888<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>
</sup>.</p>
<p>En  este artículo se analiza la puesta en marcha de tales leyes en  algunos de los 26 pueblos que constituían el distrito antiguamente  llamado de Teotitlán del Camino (situado al noroeste del estado de  Oaxaca, en un área que limita con los estados de Puebla –al norte–  y Veracruz –al noreste–), pero se agrega el rol que en esa  coyuntura, y en procesos consecuentes, jugó la naturaleza. Los  asentamientos de ese distrito se distribuían en dos espacios bien  diferenciados: el constituido por tierras bajas, semiáridas y de  clima cálido conocido como la Cañada, y el de altas y húmedas  superficies, de temperatura templada y fría, denominado la Sierra  Mazateca. Las características geográficas y naturales de ambos  delinearon, desde épocas previas, dinámicas productivas y sociales,  mientras que ya en las dos últimas décadas decimonónicas  influyeron los resultados de las reformas liberales ya aludidas,  cuyos efectos se prolongaron al menos hasta la segunda década del  siglo XX.</p>
<p>Algunos  estudios históricos agrarios ya han enfatizado la importancia de  observar los pisos ecológicos en la competencia de actores sociales  por el territorio, por ejemplo, en el municipio de Chalco durante el  porfiriato (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref47">Tortolero, 1996</xref>), también durante la desamortización de  tierras comunales y la reforma agraria en Lerma y Ocoyoacac (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref7">Camacho,  2015</xref>), o en la subcuenca del río Cuautitlán en torno a 1856-1917  (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref28">Neri, 2017</xref>) –todos acaecidos en el estado de México<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>
</sup>–.  Si bien esos trabajos muestran que las características naturales de  espacios concretos influyeron en el interés de grupos sociales por  conseguir recursos considerados de valía productiva y comercial, en  este estudio refiero a la naturaleza no sólo como contexto para el  desarrollo de acciones humanas sino también como actor –a partir  de la perspectiva de <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref17">Stefania Gallini (2005, p. 99)</xref>–, dado que su  accionar, acorde a características distintivas en los espacios  geográficos, influyó en los resultados del programa liberal aquí  analizado. Es decir, no sólo suscitó que sectores sociales se  interesaran en algunos recursos y los explotaran, sino que su  composición incidió, en conjunto con factores económicos y  políticos, en los resultados de los procesos ahí desarrollados.  Debido a esa perspectiva también se diferencia de otros que han  analizado los resultados de las leyes liberales en la misma época en  distritos o espacios contiguos, como el de Cuicatlán (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref24">Mendoza, 1998</xref>)  y la Mixteca (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref25">Mendoza, 2011</xref>), en los que se ha enfatizado la  vertiente de la resistencia y la negociación política para explicar  los resultados relativos de la modernización y de la desamortización  de tierras comunales.</p>
<p>La  mencionada perspectiva aquí empleada es afín a la que ha sido  desarrollada, por ejemplo, en una veta de la Historia ambiental  estadounidense (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref42">Stewart, 1991</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref13">Fiege, 1999</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref15">Foltz, 2003</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref27">Nash, 2005</xref>),  así como de la latinoamericana (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref17">Gallini, 2005</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref30">Pérez, 2001</xref>), que ha  mostrado, en distintos contextos, cómo es que diversos procesos  sociales se han tenido que ajustar a las condiciones establecidas por  la naturaleza, a pesar de la supuesta predominancia del ser humano  sobre ella. Dentro de esta vertiente se ha señalado que ese actor  tiene sus propias lógicas de acción y reacción a través de las  cuales condiciona y/o altera dinámicas productivas y, por ende,  económicas y políticas. Análisis de ese tipo contradicen la imagen  de la naturaleza como un “actor derrotado”, comúnmente explotado  y moldeado por la esfera humana; un enfoque al que se la denominado  como declensionist en la historiografía estadounidense (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref20">Hughes, 2016</xref>)<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>
</sup>.  En el caso aquí abordado se ilustrará que el proceso de  modernización en el distrito teotiteco incluyó intentos estatales y  privados por implementar proyectos comerciales de gran escala,  empleando para ello las leyes sobre federalización de aguas –la  hacienda cañera–, y sobre división de tierras comunales –las  fincas cafetaleras–. A su vez, aunados a factores sociales y  políticos, tales proyectos fueron impactados por distintos elementos  de la naturaleza, de modo tal que no lograron concretarse en la  medida en que se idearon por parte de la élite política y  económica. Por tanto, tales elementos también influyeron en el  cambio social que se suscitó debido al declive de la producción  basada en la “gran propiedad”, y a la adopción de cultivos  comerciales por parte de habitantes de algunos pueblos teotitecos.</p>
<sec>
<title>El  distrito de Teotitlán del Camino a finales del siglo XIX e inicios  del siglo XX</title>
<p>Durante  la segunda mitad del siglo XIX, el distrito de Teotitlán del Camino  conjuntaba 26 pueblos, con ayuntamiento, dos haciendas, y media  decena de ranchos, distribuidos en dos espacios geográficos,  diferenciados por su altitud y composición natural, conocidos  localmente como la Cañada y la Sierra Mazateca. En el primero de  ellos se encontraban siete de los 26 pueblos del distrito con  ayuntamiento, dos haciendas –Ayotla y Cuatempan– que fueron  conjuntadas en 1887, así como media decena de ranchos, mientras que  en la Sierra Mazateca se localizaban los restantes 19 pueblos, en un  espacio en el que no existían haciendas ni ranchos.</p>
<p>El  espacio situado al oeste del distrito, la Cañada teotiteca  constituye una porción de lo que actualmente se conoce como el valle  Tehuacán-Cuicatlán, el cual se extiende por aproximadamente 120  kilómetros –en dirección norte sur–, entre los municipios así  denominados en los estados de Puebla y Oaxaca respectivamente. Su  superficie, de alrededor de 636 kilómetros cuadrados, se encuentra a  una altitud de entre 700 mil metros sobre el nivel del mar (msnm), y  sus suelos son predominantemente semiáridos, con presencia de montes  desérticos y vegetación de selva baja caducifolia. Su clima cálido  ronda los 30º C, y en meses como abril y mayo alcanza los 40º C.  Tal aspecto se complementa con el hecho de que su precipitación  pluvial no supera los 700 mm de promedio anual, lo cual se debe a que  los vientos húmedos provenientes del Atlántico, en dirección  noreste, se detienen en los macizos montañosos de la Sierra Madre  Oriental <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref48">(Valiente-Banuet et. al., 2000)</xref>, de la que forma parte la  Sierra Mazateca. Debido a que en dirección opuesta está flanqueada  por las montañas del norte de la Mixteca, la Cañada constituye una  franja intermedia, cuyas tierras más bajas conforman una especie de  vega en torno al río Salado. Éste corre de norte a sur unificando  el líquido de numerosas corrientes torrenciales y permanentes  procedentes de las mencionadas serranías de los flancos este y  oeste, para dirigirse al río Grande-Papaloapan –del cual es una  subcuenca–, que se dirige al Golfo de México. El río Salado toma  su nombre de la alta salinidad que contienen sus aguas –a  diferencia de la mayor parte de las otras corrientes con las que  confluye cuyas aguas son dulces–. Este alto nivel de salinidad  posibilitó que en algunos de los pueblos ahí situados se produjera  sal desde la época prehispánica, y que incluso en el siglo XIX los  ingresos por ese rubro siguieran siendo significativos.</p>
<p>
<table-wrap id="gt2">
<label>Tabla 1</label>
<caption>
<title>
<bold>Asentamientos de la Cañada y la Sierra Mazateca (pueblos,  haciendas y ranchos), 1888-1915</bold>
</title>
</caption>
<alt-text>Tabla 1 Asentamientos de la Cañada y la Sierra Mazateca (pueblos,  haciendas y ranchos), 1888-1915</alt-text>
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<attrib>Fuente: elaboración propia con base en <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref22">Martínez (1883, pp. 545-551</xref>)</attrib>
</table-wrap>
</p>
<p>El  otro espacio de distrito, el de la Sierra Mazateca, de  aproximadamente mil 680 kilómetros cuadrados, se compone de montañas  zigzagueantes cuya altitud varía desde los mil 700 hasta los 3 mil  msnm, característica que propicia que hacia su interior el clima  predominante sea templado-frío. Esta característica se une a la de  las precipitaciones pluviales, que son las más altas del país, al  alcanzar el promedio anual de 2 mil mm de lluvia <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref29">(Neiburg, 1988, p.  29)</xref>. En sus montañas se detienen las corrientes húmedas  provenientes del Golfo de México, razón por la que extensas  superficies de sus bosques de pino-encino-liquidámbar cuentan con  elevada humedad, así como con nubes y neblina la mayor parte del  año. En su interior, las diferencias naturales consisten en que el  oeste serrano se conforma de una proporción más peñascosa y  serpenteante, mientras que hacia el este, pueblos que lindan con el  distrito de Tuxtepec, como Huautla, Santa María Chilchotla, San José  Tenango y Ayautla cuentan con algunas superficies que, aunque  boscosas, son más planas. Sus corrientes hídricas, como la del río  Petlapa y otros que confluyen en el Tonto –otra subcuenca del  Papaloapan–, son de una fisonomía distinta a la de los de la  Cañada, ya que llegan a rondar los diez metros de ancho y su caudal  es considerablemente más abundante <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref6">(Bonilla, 2011, pp. 52-82)</xref>.</p>
<p>La  ubicación de las características naturales en ambos espacios nos  permite establecer que cumplieron un rol central en el desarrollo de  dinámicas productivas y de organización social distintas. <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref31">Cynthia  Radding (2005, pp. 455-456)</xref>, por ejemplo, ha aludido a las tierras de  frontera para referir espacios geográfico-naturales cuya composición  llega a delinear dinámicas disímiles entre los grupos humanos  asentados en ellos, “ya sea como límites territoriales o como  zonas de transferencia cultural”. En la Cañada, dado su clima  cálido y superficies semiáridas, el sistema de riego era  indispensable para la agricultura y, por tanto, para la preservación  de la vida social, por lo que se requería de organización para la  captación, almacenamiento y distribución del vital líquido.  Mientras tanto, también era constante la competencia por el agua y  se suscitaban conflictos por ella entre los dueños de los  trapiches-haciendas, ranchos y pueblos circundantes, como sucedía al  menos desde el siglo XVII<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>
</sup>.  Debido a su orografía más plana, ese espacio se vinculó en mayor  grado con el exterior, pues por ahí cruzaba la antigua vía que  conectaba a la ciudad de Oaxaca con la de Tehuacán, la cual enlazaba  sitios más distantes como Puebla y la capital del país por una  parte, y Chiapas y Guatemala, hacia el sur <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref1">(Acuña, 1984, p. 196)</xref>.  Por ello, al menos desde el siglo XVI, los vínculos de sus pueblos  con el exterior fueron visibles. En la centuria siguiente, como parte  de un proceso más amplio en que se establecieron trapiches  azucareros desde Coxcatlán, Puebla, hasta Cuicatlán, Oaxaca (Motta  y Velázquez, 2000; Motta, 2001; Motta, 2003), en sus tierras bajas  circundantes al río Salado se estableció la hacienda de Ayotla,  cuyo dueño, a fines del siglo XIX, instauró en ella un ingenio  central tecnificado. Debido a ello, la élite local,  predominantemente mestiza, se estableció en pueblos como Teotitlán,  mientras que en otros circundantes había presencia de indígenas  nahuas, mazatecos e ixcatecos. En los pueblos ahí situados, el  idioma español ya estaba ampliamente difundido a finales del siglo  XIX.</p>
<p>
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<label>Mapa 1</label>
<caption>
<title>Asentamientos del distrito de Teotitlán, Oaxaca en torno a 1900</title>
</caption>
<alt-text>Mapa  1 Asentamientos del distrito de Teotitlán, Oaxaca en torno a 1900</alt-text>
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</p>
<p>A su vez, en los asentamientos  serranos el cultivo de mayor importancia era el maíz. Debido a la  humedad, sus tierras contaban con mayor fertilidad, tal como se  reportó desde la temprana época colonial <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref1">(Acuña, 1984, p.196)</xref>,  característica que permitía a su población prescindir de sistemas  captación y distribución de agua para riego. Una particularidad de  ese espacio era que, como ha sido referido para otras superficies con  características geográficas similares –por ejemplo en el estado  de Oaxaca <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref2">(Arrioja, 2011, p. 42)</xref>–, en algunos de esos pueblos sus  habitantes cultivaban parcelas alejadas entre sí, ubicadas en  variadas altitudes con el fin de aprovechar distintos pisos  ecológicos y obtener diversas cosechas al año, mientras que para  finales del siglo XIX pervivía el sistema de cultivo de roza, tumba  y quema <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref37">(Romero, 1893/2009:130)</xref>, que habría sido imposible en  parcelas permanentes<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>
</sup>.  A su vez, este espacio tenía menos vínculos hacia el exterior que  la Cañada, debido, en alto grado, a su escarpada orografía rocosa y  boscosa –como puede identificarse en el mapa 1–, así como a la  carencia de caminos, o a que los mismos estaban en mal estado. Aún  en las últimas décadas del siglo XIX ingenieros adscritos al  gobierno federal registraban la imposibilidad para que bestias de  carga transitaran ciertos tramos o ríos<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>
</sup>.  Debido a la anchura de algunos de éstos, sólo era posible cruzarlos  mediante la instauración de troncos o puentes colgantes, lo cual  permitía el paso de personas, pero no así el de burros o mulas. Esa  característica influyó para que hasta la década de 1880 la sierra  fuera escasamente visitada por actores externos, o que, dado el caso,  al hacerlo tuvieran dificultades de diverso tipo, por ejemplo, la  imposibilidad de comunicarse con la población indígena y sus  representantes por falta de un idioma común<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>
</sup>.</p>
<p>Tales  diferencias denotan en alto grado la influencia del medio natural en  las dinámicas sociales ahí suscitadas y cómo es que éstas se  adaptan a las condiciones impuestas por sus características. Aún  más, para nuestros fines resulta ilustrativo cómo la naturaleza  incidió en el proceso de modernización que se intentó instaurar en  el distrito teotiteco a fines del siglo XIX. En primera instancia, la  legislación sobre aguas tuvo mayor relevancia en la Cañada, dado  que ahí ese recurso era objeto de competencia y conflicto social,  mientras que en la sierra prácticamente pasó inadvertida. En  contraparte, los ordenamientos sobre división de tierras comunales  se aplicaron en mayor grado en la sierra, debido a las posibilidades  comerciales que otorgaban las ahí situadas por su alto potencial  productivo. Ciertamente, a tal aspecto se sumaba el hecho de que las  consideradas mejores superficies de la Cañada –las circundantes al  río Salado– para el siglo XIX ya pertenecían a las haciendas de  Cuautempan y Ayotla, por lo que quedaban fuera del objeto de los  reglamentos sobre división y repartos, mientras que en la sierra los  ayuntamientos seguían administrando amplias extensiones comunales.  Como segundo factor, las características variadas del medio se  complementaron con factores sociales –resistencias, conflictos,  dificultades económicas– de modo tal que la mayoría de los  grandes proyectos agroempresariales privados allí instaurados  fracasaría durante las siguientes dos décadas. Obsérvese que la  ubicación de la diversidad de los tipos de tierras –y lo que  contienen– nos es de utilidad para no considerarlas homogéneas, ni  tampoco a los recursos en ellas contenidos, así como para entender  subsecuentes procesos disímiles con ellas relacionados. Así, a la  pertinencia de cuestionarnos qué tipo de tierras son las que  analizamos en los estudios agrarios –con el fin de entender qué  ocurrió en ellas como consecuencia de las disputas por su control  <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref17">(Gallini, 2005, p.100)</xref> – se puede agregar la observación sobre los  tipos de aguas existentes y utilizadas, lo cual aplica para el caso  de la Cañada aquí analizado dada la presencia de corrientes con  líquido salado y dulce en su interior.</p>
<sec>
<title>
<bold>La  legislación liberal decimonónica sobre tierras y aguas en México y  su aplicación en el distrito teotiteco </bold>
</title>
<p>El  proyecto sociopolítico liberal del siglo XIX pretendía modernizar  la sociedad mexicana distanciándose del antiguo régimen, al cual se  relacionaba, entre otros aspectos, con la propiedad y el control  comunal de tierras, aguas y bosques. En lugar de ello buscaba  impulsar la instauración de la propiedad privada así</p>
<p>como  incrementar el control del gobierno federal sobre tales recursos.  Hasta entonces, el país contaba con una población mayoritariamente  indígena y campesina, la cual controlaba los recursos locales bajo  el régimen comunal en un sinnúmero de pueblos, a través de sus  ayuntamientos u otras instancias locales.</p>
<p>Con  el fin de desarticular tal estructura, desde la década de 1820  varios gobiernos estatales retomaron el proyecto modernizador e  ideológico de fines de la época colonial y ordenaron la  desamortización de tierras comunales. Esto mismo, a nivel federal,  se implementó mediante la Ley de desamortización de tierras civiles  y eclesiásticas del 25 de junio de 1856 (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref16">Fraser, 1972</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref21">Knowlton,  1998</xref>), también conocida como Ley Lerdo. Con esa legislación se  ordenó el reparto de propiedades que se encontraban bajo el control  de la Iglesia así como el de las mencionadas tierras comunales de  los pueblos, las cuales debían repartirse entre los vecinos y/o sus  arrendatarios, y, luego de ello, las tierras sobrantes se otorgarían  a posibles denunciantes interesados en ellas.</p>
<p>Por  su parte, la primera ley referente al control de corrientes hídricas  denominadas como federales se emitió el 5 de junio de 1888 bajo el  título de Ley de vías generales de comunicación <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref38">(Sánchez, 2003)</xref>.  En ella se estipuló que las aguas de los ríos que cruzaran o  delimitaran varios estados, o al país con otros, pasarían a la  jurisdicción del ejecutivo federal, el cual podría otorgar  concesiones para utilizarlas, aspecto que se precisó en un  reglamento de 1894. Con sus propios matices, las reglamentaciones  sobre aguas tenían un propósito similar al que perseguían las  referentes a la desamortización de tierras comunales, pues  pretendían desestructurar formas comunales de su control y  distribución, centralizar su jurisdicción en el ámbito federal, y  fomentar su utilización por parte del sector empresarial <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref38">(Sánchez,  2003, p. 314)</xref>.</p>
<p>No  obstante, en la realidad esas leyes estuvieron muy lejos de aplicarse  de manera general y automática. Si bien se instruyó la  privatización de todas las superficies comunales, la percepción  social sobre su valor productivo y económico influyó para que el  estado en efecto emprendiera su privatización, para que fueran, o  no, solicitadas en adjudicación, o para que los representantes o  habitantes de los pueblos buscaran retenerlas o adjudicarlas.  Situación similar puede observarse en el caso de las  reglamentaciones sobre aguas, dado el interés económico que el  estado tenía en su aplicación, según se ha señalado.</p>
<p>En  el distrito tetotiteco la desamortización de tierras comunales fue  apenas tenue durante los años previos a 1886. Incluso,  paradójicamente, se dio el caso de que el ayuntamiento de San  Antonio Nanahuatipam, situado en la Cañada, compró varias  superficies a particulares y las incorporó a su régimen comunal  –como sucedió en 1869 y 1876–, en un acto que era contrario al  propósito de la legislación federal<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>
</sup>.  Fue sólo a partir de los últimos años de la penúltima década  decimonónica que las solicitudes de adjudicaciones se incrementaron  en algunos pueblos de la Cañada –si bien no fueron numerosas-,  aspecto en el que las condiciones naturales fueron de importancia.  Por ejemplo, la media decena de</p>
<p>denuncios  que se realizaron en Teotitlán y San Juan los Cues entre 1886 y 1912  fueron sobre superficies que contenían fuentes de agua, recurso de  valía en ese árido y cálido espacio<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>
</sup>.</p>
<p>Por  su parte, en la Sierra Mazateca la primera adjudicación atípica  tuvo lugar en 1881, cuando se autorizó otorgar poco más de 144  hectáreas del paraje Río Santiago a un denunciante que,  aprovechándose de su poder local, tomó más de 8 mil hectáreas, lo  cual desembocó en un litigio entre los pueblos de Huautla, San José  Tenango, y un par de particulares. El conflicto se resolvió 20 años  después a favor del adjudicatario y del posterior comprador de esa  superficie <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref18">(García, 1955, p. 20)</xref>. El resto de las adjudicaciones se  otorgaron a partir de 1893, apenas un año después de la  instauración del Ferrocarril Mexicano del Sur, que cruzó por la  Cañada a una distancia de alrededor de 60 kilómetros de la Sierra  Mazateca. Las fracciones serranas privatizadas fueron aquellas  situadas al este, en las que existían más planicies y menos  superficies pedregosas.</p>
<p>Dado  que esos eran los años en que en el país se incrementaba  sustancialmente el tendido de vías férreas, las exportaciones de  materias primas así como las inversiones en general –proceso en el  que Oaxaca participaba con dinámicas similares (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref33">Reina,  2004, pp. 147-166</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref8">Chassen, 2010</xref>)–,  recursos naturales como los existentes en la sierra se tornaron más  atractivos. Particularmente lo fueron para el cultivo de café, cuya  producción y comercialización estaba siendo de importancia en  distintas entidades del país como Veracruz, Chiapas, Colima,  Michoacán y Oaxaca (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref35">Rodríguez, 2004, p.102</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref5">Bartra, 1996, p. 44</xref>).  En ese último estado, su cultivo fue introducido en torno a 1870 por  otrora productores de grana cochinilla de Miahuatlán, como  consecuencia de la caída comercial del tinte a partir de la primera  mitad del siglo XIX <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref36">(Rojas, 1964, pp. 50-52)</xref>, mientras que para la  última década decimonónica su importancia iba en aumento, de modo  tal que se producía en 16 de sus 26 distritos <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref8">(Chassen, 2010, p.  191)</xref>. A su vez, a aproximadamente 100 kilómetros al norte de la  Sierra Mazateca, la ciudad de Córdoba, en el estado de Veracruz,  había alcanzado notoriedad económica gracias a las cosechas y  circulación comercial del grano, el cual se había introducido desde  la tercer década decimonónica <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref34">(Rodríguez, 2002)</xref>. Aunado a ello, el  paso del ferrocarril a una distancia de entre 70 y 110 kilómetros  por las tierras bajas de la Cañada incentivó el interés de  inversionistas foráneos por adquirir tierras en los pueblos  serranos. El más atractivo de éstos fue Santa María Chilchotla, el  cual era escasamente poblado debido a que sus poco menos de 500  habitantes en 1894 ocupaban una extensión aproximada de 394  kilómetros cuadrados, factor que debió incidir para que sus tierras  se percibieran como disponibles<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>
</sup>.  Si bien hasta esa década sus representantes se habían opuesto a que  sus superficies comunales se otorgaran a adjudicatarios foráneos, en  1893 cedieron a tal propuesta sólo pidiendo que cada jefe de  familia, mayores de edad, y viudas del pueblo recibieran una parcela  de 10 hectáreas de primera calidad, con riego, y otra de seis  hectáreas de monte. Sin embargo, tal acuerdo les representó claras  desventajas, toda vez que después de haber recibido las 16 hectáreas  solicitadas, un total de 6 mil (10 %) permanecieron en manos de los vecinos, mientras que el resto, cerca de 30 mil (90 %), se repartieron a alrededor de medio centenar de denunciantes externos<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>
</sup>. A partir de ese año de 1893, los cultivos cafetaleros se incrementaron sustancialmente, lo cual generó un cambio vertiginoso en el paisaje. Cientos de hectáreas del frondoso bosque serrano chilchoteco se sustituyeron por cafetales, los cuales incentivaron otros cultivos –maíz, frijol, hortalizas–, así como la cría de animales de traspatio y ganado para alimentar a dueños, administradores y cientos de trabajadores de las novedosas fincas. Aunado a ello, algunas fincas incluyeron cultivos comerciales como hule o arboles de naranja, además de la explotación de maderas finas<xref ref-type="fn" rid="fn13">
<sup>13</sup>
</xref>.</p>
<p>Ese fenómeno fue de menores proporciones en municipios como Tenango, Huautla y Ayautla, aspecto en el que pudo haber influido la ocupación de sus tierras, pues, como se ha apuntado, mientras en 1884 Chilchotla contaba con un territorio más extenso, que apenas era poblado por 490 individuos, en aquéllos había 1.660, 4.319 y 1.180 habitantes respectivamente<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>
</sup>. Sin embargo, el cambio del paisaje social y natural en esos pueblos también fue significativo. En el primero de ellos se otorgaron por lo menos 12 mil hectáreas a un denunciante externo, mientras que en Ayautla, en 1903 fueron unificados dos lotes de mil hectáreas, adjudicados a los alemanes Bernardo Holtz y Carlos Scherer respectivamente, con otro, adjudicado al mexicano Agustín Pradillo, para instalar el cafetal Carlota, que llegó a ser uno de los más representativos de la sierra<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>
</sup>. En torno a 1902 –aunque ya propiedad de dueños sucesores, los norteamericanos de apellido Cook– contaba con casa para supervisores, edificios para alrededor de 500 trabajadores, una tienda y una panadería, y cultivaba alrededor de 170 mil matas de café, cuyo producto se enviaba a la ciudad de Chicago<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn35">16</xref>
</sup>.</p>
<p>Debido  a ello, en pocos años la sierra mazateca alcanzó notoriedad en el  ámbito nacional debido a la producción cafetalera, pues pasó de  cosechar 73.600 kilos de grano en 1896, a 395.790 en 1906 <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref8">(Chassen,  2010, p. 191)</xref>. Así, acorde al ideal liberal que impulsó la  desamortización, el valor de la tierra otrora comunal en la sierra  se incrementó sustancialmente, a la vez que el cultivo de café se  expandía a otros pueblos. En Santa Ana Ateixtlahuaca, por ejemplo  –un pueblo en el que no fueron reportadas adjudicaciones en el  mismo grado que en los pueblos del este serrano–, se instaló el  cafetal La Reforma, del español Juan Lozano Alcalde, mientras que en  Huautla, el denominado Nezahualcóyotl de la familia Gamboa<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn16">17</xref>
</sup>.</p>
<p>Para los habitantes serranos se trató de una década en que el discurso liberal y la política porfirista adquirieron facetas concretas que impactaron las relaciones sociales locales, debido al arribo de decenas de finqueros cafetaleros motivados por el paso del ferrocarril y por las facilidades para adquirir tierras. Eso generó novedosas interacciones entre los actores que ahí confluyeron a la vez que se gestaron algunos conflictos por límites de tierras entre pueblos y finqueros, así como entre indígenas locales que se emplearon con ellos. Este aspecto llegó a incidir en que las fincas adolecieran de “falta de brazos”<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn17">18</xref>
</sup>.</p>
<p>Mientras tal proceso tenía lugar en la sierra, en la Cañada también se gestaron expectativas productivas relacionadas con la legislación liberal. Desde 1887, año en que la concesión del Ferrocarril Mexicano del Sur ya estaba otorgada y en el cual seguramente las vías se encontraban en construcción, el exgobernador Ignacio Mejía, entonces dueño de la hacienda de Cuautempan, adquirió la contigua hacienda de Ayotla, con lo que unificó alrededor de 12 mil hectáreas de tierras, en la superficie más baja de ese espacio y en la que confluían preciadas corrientes hídricas con el río Salado<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn18">19</xref>
</sup>. A ello sumó la construcción del Ingenio Central de Ayotla, justo al pie de las vías del ferrocarril, con lo que cambió la provisión de agua del río San Martín, de aguas dulces, al Salado, de agua salobre, para el procesamiento de la caña<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn19">20</xref>
</sup>. Si bien existían ranchos vecinos productores de azúcar, alcohol y panela, como el de Coamilco, Xihuilapa y el de la Cruz, la nueva propiedad “Ayotla y anexas” adquirió especial relevancia al colindar con todos los pueblos ahí situados. Además, en el contexto político-económico que hemos referido, sus dueños –tanto Mejía como su sucesor Francisco Martínez Arauna– emprendieron la búsqueda de mayores volúmenes de agua con el fin de incrementar la producción cañero-azucarera. Una dificultad central para ello era que los pueblos circundantes estaban situados en superficies previas de corrientes como el Salado, el río Teotitlán y el San Martín, lo cual los perjudicaba durante coyunturas de conflicto, debido a la posible interrupción del paso del líquido. De hecho, ese era un aspecto que Ayotla compartía con los mencionados ranchos, los cuales a su vez estaban a expensas de que habitantes y representantes de San Gabriel Casa Blanca, Nanahuatipam y Tecomavaca no interfirieran el paso del agua, principalmente del río Salado.</p>
<p>Además, como sucedía en el caso del  café, la producción cañera en el país incrementaba su  importancia, mientras que en Oaxaca la que se obtenía en los  distritos de Teotitlán y el contiguo de Cuicatlán llegó a ser la  de mayor cuantía en la primera década del siglo XX (Ruiz,  1988, p. 342). Tal  contexto pudo ser un aliciente para que los dueños de Ayotla  consideraran que los problemas de obtención de líquido podían ser  salvables. Al efecto, las estipulaciones sobre concesiones federales  de aguas constituían una alternativa, ya que, en caso de obtenerlas,  podrían solicitar que usuarios previos de las corrientes respetaran  el volumen de líquido que el gobierno federal les otorgase, por lo  que Mejía solicitó confirmación de derechos y concesiones de agua  del río Salado en 1895 y 1900 respectivamente, mientras que su  sucesor hizo lo propio en 1912<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn20">21</xref>
</sup>.  Con base en tales motivaciones, Martínez Arauna incrementó las  áreas de cultivo de caña por lo menos hasta 1907, cuando sumó a su  propiedad las haciendas de Santa Tecla Tocomaxtlahuac y el rancho de  Los Obos, situados en Cuicatlán, cuyas cosechas de caña procesaría  en el Ingenio Central de Ayotla<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn21">22</xref>
</sup>.</p>
<p>Así,  debido a la llegada de agroempresarios y su adquisición de tierras,  y al incremento de la producción cafetalera y cañera, el distrito  obtuvo cierta relevancia económica a nivel estatal, aspecto que se  prolongó hasta la primera década del siglo XX. No obstante, en los  años posteriores a 1906, ambos proyectos –el cañero y el  cafetalero– declinaron. En este aspecto la naturaleza jugó un rol  de importancia.</p>
<sec>
<title>
<bold>El  declive de los proyectos agroempresariales en el distrito teotiteco y  el rol de la naturaleza</bold>
</title>
<p>La  ya señalada visión de la dominación del ser humano sobre la  naturaleza que ha predominado en la Historia Ambiental es evidente  también en los estudios que se han centrado en México. En los  trabajos pioneros en la materia –como el de Elinor <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref23">Melville (1999)</xref>  sobre la introducción de la ganadería en el Valle del Mezquital en  el período colonial, y los que se incluyeron en el primer tomo de  estudios sobre historia y ambiente coordinado por Bernardo <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref19">García y  Alba González (1999)</xref> –, se han observado centralmente los cambios  generados en el paisaje a partir de la explotación de recursos  naturales como bosques, aguas, y otros, por parte de sectores  sociales específicos. Si bien tal faceta ha sido de suma importancia  para la comprensión de una amplia diversidad de relaciones  hombre-naturaleza en marcos espacio-temporales, aún hemos observado  poco el modo en que el medio ha incidido para suscitar, evitar o  delinear procesos sociales particulares. Considero que tal  perspectiva es de valía para entender el proceso decimonónico  –interrumpido– de modernización, que tuvo lugar en el distrito  de Teotitlán del Camino, el cual ciertamente incluyó factores  económicos y políticos.</p>
<p>En  la Sierra Mazateca, el auge de las fincas privadas cafetaleras se  experimentó aproximadamente hasta 1905, cuando se hizo evidente que  dueños de algunas de ellas no alcanzaron sus expectativas  económicas, por lo que vendieron sus propiedades; otros no pudieron  pagar sus préstamos y fueron embargados, tal como sucedió con  algunas fincas en el vecino distrito de Cuicatlán <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref24">(Mendoza, 1998,  pp. 142-143)</xref>, o cayeron en bancarrota. No obstante, los datos  relacionados con las finanzas de los finqueros no permiten  identificar en qué grado la naturaleza habría incidido como una  causa para tal situación. Esto se puede inferir al observar la  incidencia de características orográficas y fenómenos  climatológicos.</p>
<p>La  prensa de fines del siglo XIX refería por ejemplo que la orografía  serrana nunca pudo ser lo suficientemente adecuada <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref8">(Chassen, 2010, p.  90)</xref>, lo que había dificultado y encarecido el transporte de café  hasta la estación del ferrocarril, en Nanahuatipam. A pesar de que  el gobierno federal y el estatal realizaron obras para abrir y  adecuar caminos donde fuera necesario, éstos siguieron siendo  deficientes. Al respecto, los supervisores del Cafetal Carlota  comunicaban en sus misivas a los dueños de la empresa en la ciudad  de Chicago los no pocos problemas que les suponía el traslado de  maquinaría o enseres desde las vías del tren hasta Ayautla –donde  se encontraba el cafetal–. El trayecto consistía en atravesar  alrededor de 100 kilómetros por una superficie agreste y húmeda,  enfrentar frecuentes aguaceros, y eventualmente lidiar con la  creciente de los ríos que cruzaban el camino<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn22">23</xref>
</sup>.  Por su parte, algunos diarios reportaron que en julio de 1898 un  “fuerte temporal” había dañado las parcelas y los caminos en  los distritos  de Cuicatlán y Tehuacán, incluido el que iba “para las fincas  cafetaleras”, lo que habría dañado su producción en algún  grado<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn23">24</xref>
</sup>.  A su vez, el finquero húngaro Eugenio de Banó escribió en su  diario, en torno a 1903, que en tan sólo unos minutos había perdido  su inversión y varios años de trabajo, debido a que, mientras  realizaba un viaje a Teotitlán, un tornado había arrasado con su  finca, su plantación y con todas sus pertenencias (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref9">Banó, 1906, pp.  337-340</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref4">Balázs,  2014, p. 202</xref>).</p>
<p>Otro  caso representativo de bancarrota debido a eventos naturales fue el  de Rito Mijangos, un próspero cafeticultor de la hacienda El  Progreso –en Pochutla, Oaxaca–, a quien Armando <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref5">Bartra (1996, pp.  111-120)</xref> considera como el que para fines del siglo XIX era el que  obtenía mayores cosechas de grano en todo el estado. Atraído por  las expectativas de la disponibilidad de tierras y de su alta  productividad, Mijangos adquirió el lote Santa Elena, situado en  Santa María Chilchotla a orillas del río Tonto, en torno a 1900,  para lo cual hipotecó su próspera hacienda de Pochutla con la  empresa inglesa Rosing Brothers. En dicho lote planeaba instalar un  ingenio cañero aprovechando la corriente del Tonto como vía fluvial  para el transporte de sus productos hacia Veracruz, mientras que en  dirección opuesta utilizaría la ruta convencional, por tierra,  hacia Teotitlán. Desde sus primeras acciones utilizó el mencionado  río para transportar maquinaria para su prospectado ingenio, que  había importado desde Inglaterra, y que había llegado al Puerto de  Veracruz. No obstante, las intensas lluvias de esos días provocaron  el desbordamiento de la corriente, de tal modo que la maquinaría se  inundó sin que se hubiera podido hacer nada por rescatarla, al no  poder ser jalada por bestias o por algún tipo de carro, debido a la  imposibilidad de que pudieran arribar a aquel sitio. Según refiere  Bartra, de tal evento el comprador de Santa Elena nunca pudo  reponerse financieramente.</p>
<p>Aunado  a ello, las plagas también afectaron a los cafetales serranos. En  1903, la denominada <italic>mancha  de hierro</italic> arrasó con  cultivos diversos y plantaciones en diversas regiones del estado, y  sus efectos alcanzaron a la Sierra Mazateca<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn24">25</xref>
</sup>.  En febrero de 1905, los jefes políticos informaron al gobierno  estatal sobre las plantaciones que habían sido dañadas, reportes  que incluyeron a los cafetales Cuauhtémoc, Gentiles y Clemencia,  situados en Chilchotla, de los que se anotó que sus árboles estaban  completamente dañados, por lo que la Comisión de Parasitología  sugería quemarlos con el fin de evitar que contaminaran otras  plantaciones<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn25">26</xref>
</sup>.</p>
<p>Si  bien acciones políticas y económicas habían impulsado proyectos de  gran envergadura en las superficies serranas, sus características  naturales constituyeron un factor de importancia que no había sido  contemplado ni por las autoridades ni por los propios inversionistas,  o, en todo caso, se les había considerado de menor importancia. De  tal modo, para 1913 el número de fincas era de 15 <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref11">(Esteva, 1913, p.  27)</xref>, y ya no más el medio centenar que se había constituido 20 años  atrás. Para 1915 ya eran sólo excepcionales los finqueros cuya  producción era sustancial. Uno de ellos era Antonio Avendaño, quien  no sólo había conservado su finca La Soledad desde que la instaló  en tierras adjudicadas en 1893, sino que</p>
<p>además  había adquirido La Chicharra y Santa Herminia. En ellas, que en  conjunto cubrían 2.233 hectáreas, producía hule además de café y  utilizaba maquinaria importada para el procesamiento del grano<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn26">27</xref>
</sup>.  Avendaño era uno de los pocos adjudicatarios de 1893 que había  persistido en la producción cafetalera. Durante los trámites de  desamortización había colaborado como traductor –mazateco-español–  con las autoridades distritales, lo cual ilustra que era indígena  mazateco, o, en todo caso, que había estado en contacto con esa  población suficiente tiempo como para aprender el idioma, y por lo  tanto ser un conocedor del medio natural serrano.</p>
<p>Otro  finquero que había sobrevivido a la debacle fue Manuel Gamboa, dueño  del cafetal Nezahualcóyotl. Si bien él y sus hijos –con quienes  administraba el cafetal–estaban radicados en el pueblo cabecera,  conocían ampliamente a la Sierra Mazateca, toda vez que desde años  previos habían adquirido o administrado otras fincas como el cafetal  Mercedes<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn27">28</xref>
</sup>.</p>
<p>Un  caso disímil a los previos es el del Cafetal Carlota –que también  sobrevivió luego de 1910–, del que se ha apuntado que sus dueños  a partir de 1899 fueron los empresarios norteamericanos hermanos  Cook, quienes comercializaban sus cosechas de grano en la ciudad de  Chicago y en otras urbes circundantes a través de una empresa que  fundaron a tal efecto, la Cafetal Carlota Company<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn28">29</xref>
</sup>.  Sin embargo, en un juicio que enfrentaron en una corte neoyorkina en  1912 se hizo público que en realidad esa finca se había sostenido  principalmente por su esquema de financiamiento y no tanto por su  producción<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn29">30</xref>
</sup>.  Uno de los accionistas, Joseph G. Cushman, demandó a sus dueños  acusándolos de prometer ganancias que no correspondían a la  realidad. En lo que a él concernía, adquirió 25 mil dólares en  acciones en enero de 1911, pero al poco tiempo la empresa se declaró  en quiebra, por lo que perdió en ello su cuantiosa inversión. Por  este suceso se entabló un juicio que finalmente perdió en 1914.</p>
<p>De  esos hechos deducimos que una causa importante para que los finqueros  foráneos cayeran en bancarrota fue su desconocimiento de las  condiciones ambientales serranas. En contraste, es posible que la  familiaridad de Avendaño y Gamboa con ese espacio haya sido de valía  para su pervivencia como productores y comerciantes en el ramo.</p>
<p>A  pesar de lo acaecido con la mayoría de las extensas fincas privadas,  ese proceso marcó un cambio productivo y social en la sierra. La  producción de café fue adoptada por las familias indígenas;  gracias a ello, su cultivo y comercialización prosiguieron durante  todo el siglo XX, e incluso, aunque en menor grado, hasta nuestros  días. Si bien no se cuenta con datos cuantitativos que permitan  ponderar las proporciones de sus cosechas respecto de las obtenidas  por los finqueros, sí podemos inferir que desde esos años eran  sustanciales. Por ejemplo, en sus remembranzas, el intermediario  Guadalupe <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref18">García (1955, pp. 27-30)</xref> escribió que entre 1906 y 1916  su negociación “Guadalupe García y hermano” obtuvo cuantiosas  ganancias debido al paulatino incremento del grano que  comercializaba, el cual a su vez compraba en alta proporción a  productores a baja escala. Según refirió, en su comercio  establecido en</p>
<p>Huautla,  les recibía el grano cosechado en distintos pueblos serranos a  cambio de productos que requerían, como abarrotes o semillas. De sus  notas también se deduce que, como resultado de la mayor circulación  comercial del café, habían emergido intermediarios –como él–  que acaparaban la producción local y la comercializaban en el  exterior, intercambio que no siempre se realizaba en términos  equitativos. Por ejemplo, García se jactaba de que, a diferencia de  otros comerciantes, él era honesto al pagar a los indígenas el  “peso exacto” de su grano, en efectivo y al momento de la entrega  <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref18">(García, 1955, p. 27)</xref>. Cierto es que una proporción del grano que  adquiría procedía de fincas que había adquirido o arrendado, pero  una parte sustancial la compraba a indígenas mazatecos, de tal modo  que, según sus propios cálculos, trasladaba alrededor de 200 mil  kilos mensuales de grano al ferrocarril, vehículo que a vez lo  conducía tanto a mercados nacionales como del exterior <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref18">(García,  1955, p. 27)</xref>.</p>
<p>Podemos inferir que las causas  centrales de la persistencia de las familias indígenas en el cultivo  del grano se debió al conocimiento que tenían sobre el medio.  También al hecho de que sus inversiones fueran de mucha menor  cuantía que la de los finqueros, lo cual posibilitaba que, en caso  de alguna calamidad, la pérdida de ellas no les representara una  bancarrota definitiva. Aunado a ello, las familias serranas  conservaron la costumbre de utilizar parcelas distantes entre sí o  de sus caseríos (Incháustegui,  1967, p. 15), lo cual  también disminuía los riesgos económicos de la  pérdida de  cultivos. Tampoco habrían buscado obtener grandes ganancias, lo cual  les habría permitido mayor flexibilidad de producción, o que la  complementaran con otros cultivos según sus propias necesidades.  Esto último habría sido imposible para los finqueros privados,  algunos de los cuales debían saldar deudas contraídas para  instaurar o mantener sus cafetales, saldar gastos continuos, a  alcanzar pingues ganancias.</p>
<p>De  igual modo, el crecimiento de Ayotla-Cuautempan en la Cañada  enfrentaba dificultades económicas en la primera década del siglo  XX, las cuales también estaban relacionadas con las características  naturales de ese espacio. Esto resulta acorde a la perspectiva de la  diferenciación de superficies y recursos naturales que hemos  señalado <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref17">(Gallini, 2005)</xref>. La limitada disponibilidad de agua siguió  impidiendo el incremento de su producción, y, por ende, de sus  ganancias, lo que dio pie a una desproporción entre la inversión  realizada en su infraestructura y la insuficiencia del vital líquido.  Eso se debió a que los habitantes de los pueblos nunca dejaron de  competir por ese recurso natural, ni en los tribunales ni en la vida  cotidiana, aunque también la naturaleza jugó un rol de importancia.  En un informe de 1923, un ingeniero adscrito a la Secretaría de  Agricultura y Fomento –instancia del gobierno federal– reportó  que la fertilidad de los campos de la hacienda estaba disminuyendo  drásticamente, debido a que se tornaban más secos y a que se  estaban ensalitrando<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn30">31</xref>
</sup>.  Desde que el antiguo trapiche de Ayotla fue instalado en la parte  baja de la Cañada sus dueños, los religiosos jesuitas regaban parte  de sus campos con aguas del río Salado; los efectos de esta  práctica–de por lo menos tres siglos– se hicieron evidentes  cuando se intentó elevar su producción ensalitrando los campos. A  saber, la capacidad para la producción cañera de</p>
<p>las  tierras de por sí semiáridas se empobreció aún más. Tal  deficiencia productiva habría influido en alguna medida en la  permanente búsqueda que los dueños de Ayotla realizaban de fuentes  de agua, así como en la conflictividad que ello implicaba.</p>
<p>En  conjunto, las dificultades por obtener agua constituyeron un factor  central para el declive de esa hacienda, hecho que se sumó a  dificultades financieras que llevaron a que su dueño, Francisco  Martínez Arauna, no pudiera seguir pagando a partir de 1917 una  hipoteca adquirida cinco años atrás con el gobierno federal, y a  que finalmente le fuera confiscada su propiedad en la siguiente  década<sup>
<xref ref-type="fn" rid="fn31">32</xref>
</sup>.  En ese tiempo, comenzaron a conformarse varios ejidos  posrevolucionarios en los pueblos circundantes, cuyo cultivo  principal comenzaría a ser la caña de azúcar, la cual se  trabajaría con el fin de vender la gramínea a ingenios cercanos<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref49">  (Wesley, 1967, p. 135)</xref>. Un cambio social en el que la naturaleza  también incidió.</p>
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<bold>Conclusiones</bold>
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<p>En  la historiografía en general, así como en la historia ambiental en  particular, ha predominado la perspectiva sobre la posición  privilegiada y de dominación del ser humano sobre la naturaleza, la  cual se extiende a los análisis sobre la aplicación de las reformas  liberales como las analizadas en este trabajo. En efecto, tal postura  ha ilustrado complejas facetas sobre el devenir de diversos conjuntos  sociales y espacios naturales. No obstante, ese cuadro de  explicaciones aún puede completarse con ponderaciones sobre el modo  en que la naturaleza ha posibilitado, o impedido, los procesos  analizados, aspecto que se ha incluido en este artículo. En primera  instancia se ha considerado que la aplicación de la legislación  sobre tierras y aguas en el distrito teotiteco, un instrumento  central de la modernización liberal, no fue homogénea ni abarcó a  todas sus tierras y recursos por igual. Las características de sus  espacios, aunadas a factores sociales –como la ocupación previa de  las tierras o a su valoración según el contexto– y económicos  fueron de importancia en la elección de las superficies y corrientes  en que se buscó, o no, dividir las tierras comunales o apelar a la  regulación federal de aguas. Como segundo aspecto, la naturaleza se  conjugó con factores sociales y económicos para que los proyectos  agroempresariales fracasaran tanto en la Cañada como en la Sierra  Mazateca en torno a la primera y segunda década del siglo XX. En el  primer espacio los dueños de la hacienda de Ayotla no pudieron  acaecerse de más agua, mientras que la de composición salada menguó  en algún grado la fertilidad de parte de sus campos. A su vez, en la  Sierra Mazateca, calamidades climáticas o dificultades relacionadas  con la orografía afectaron la pervivencia de las extensas fincas  privadas.</p>
<p>Es necesario precisar que la  naturaleza no impacta a todos los sectores de forma homogénea, lo  cual representaría un determinismo absoluto sobre los seres humanos.  Al igual que los actores sociales utilizan y explotan la naturaleza  diferencialmente (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref14">Foladori, 2001</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref46">Toledo, 2013</xref>), éstos perciben y se  desenvuelven de modo disímil ante ella, acorde a sus propios  intereses y características sociales y culturales. Así se percibe  en el hecho de que el cultivo de café persistió en la Sierra  Mazateca posterior al declive económico de los dueños de extensas  fincas, dado que fue adoptado por familias indígenas serranas que  utilizaron sistemas productivos diferentes.</p>
<p>Esa  explicación también aplica para lo acaecido en la Cañada, donde la  gran propiedad privada de “Ayotla y anexas” no persistió hacia  la década de 1920, período en que habitantes de varios pueblos  circundantes ya habían adoptado la producción de caña, realizada  en superficies que obtuvieron como ejidos “posrevolucionarios”  expropiados a esa hacienda y a ranchos circundantes <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref49">(Wesley, 1967, p.  135)</xref>. En tales explicaciones, factores políticos y sociales han sido  ilustrativos pero complementados sustancialmente con la observación  del accionar de la naturaleza.</p>
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<article-title>La vegetación del valle de Tehuacán-Cuicatlán</article-title>
<source>Boletín de la Sociedad Botánica de México</source>
<year>2000</year>
<volume>67</volume>
<fpage>24</fpage>
<lpage>74</lpage>
<comment>https://www.researchgate.net/publication/283722157_La_vegetacion_del_Valle_de_Tehuacan_Cuicatlan</comment>
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<mixed-citation>Wesley, E. (1967). The sugar central as an agency for the socio-economic development of small properties in the Valley of Tehuacan Mexico (Tesis de Maestría). Universidad de British Columbia, Vancouver, Canadá.</mixed-citation>
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<surname>Wesley</surname>
<given-names>E.</given-names>
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<source>The sugar central as an agency for the socio-economic development of small properties in the Valley of Tehuacan Mexico</source>
<year>1967</year>
<publisher-loc>Vancouver, Canadá</publisher-loc>
<publisher-name>Universidad de British Columbia</publisher-name>
<comment content-type="degree">Tesis de Maestría</comment>
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<bold>Documentos</bold>
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<mixed-citation>Court of appeals 1918, vol. 118. Library of the city of New York, version en PDF.</mixed-citation>
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<collab>Court of appeals</collab>
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<source>Court of appeals 1918, vol. 118</source>
<year>1918</year>
<volume>118</volume>
<comment>Library of the city of New York, version en PDF</comment>
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<title>Notas</title>
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<label>1</label>
<p>La obra citada de Frank Tannenbaum, “<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref45">La paz por la revolución</xref>”,  	publicada por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la  	Revolución Mexicana en 2003, corresponde a la traducción de su  	texto en inglés “<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref43">Peace by revolution: An interpretation of  	Mexico</xref>” (Columbia University Press), que salió a la luz en 1933.  	A su vez, su primera versión en español se publicó en Chile en  	<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref44">1938 (Editorial Ercilla)</xref>. Los trabajos e ideas políticas de  	Tannenbaum fueron objeto de interés –aunque no siempre de  	simpatía–, así como de pronta circulación en México. Al  	respecto ver, por ejemplo, <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref41">Servín (2016)</xref>.</p>
</fn>
<fn id="fn2" fn-type="other">
<label>2</label>
<p>Esto no significa que los pueblos siempre hayan rechazado las  	estipulaciones sobre desamortización de tierras o las solicitudes  	de concesiones de aguas. Cuando así les convenía, realizaron  	expeditamente los trámites en cuestión. Ver, por ejemplo, <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref25">Mendoza  	(2011)</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref28">Neri (2017)</xref>.</p>
</fn>
<fn id="fn3" fn-type="other">
<label>3</label>
<p>En el último de esos estudios el autor hace referencia a “nichos  	ecológicos” (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref28">Neri, 2017</xref>, p. 39). Una diferencia con el de “pisos  	ecológicos” es que este concepto se relaciona con características  	naturales distinguidas por su altitud, mientras que el de nichos  	ecológicos hace referencia a poblaciones de especies naturales que  	subsisten en unidades ecológicas o ecosistemas (<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref22">Martínez, 2013</xref>).</p>
</fn>
<fn id="fn4" fn-type="other">
<label>4</label>
<p>La  	versión del texto de <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref20">Hughes</xref> fue consultada en formato electrónico  	Kindle, en el que el apartado sobre las narrativas “declensionists”  	corresponden a la posición 3484-3489.</p>
</fn>
<fn id="fn5" fn-type="other">
<label>5</label>
<p>Algunos ejemplos son las confrontaciones en la década de 1690 entre  	los dueños del trapiche de Ayotla y el pueblo de Teotitlán por el  	control de algunas fuentes de agua, Archivo General de la Nación  	(en adelante AGN),  	Tierras, vol. 149, exp. 5; y en esa misma década con el de San  	Martín Toxpalam por algunos manantiales, AGN, Tierras, vol. 151,  	exp. 3. Los conflictos de los hacendados-trapicheros con Toxpalam  	por ese recurso también fueron recurrentes en el siglo XVIII e  	inicios del XIX. AGN, Tierras, vol. 489, exp. 1; AGN, Tierras, vol.  	1319, exp. 2.</p>
</fn>
<fn id="fn6" fn-type="other">
<label>6</label>
<p>Archivo  	General del Poder Ejecutivo del Estado de Oaxaca (en adelante  	AGPEEO), Gobierno de los distritos, Contribuciones, leg. 12, exp. 8;  	AGPPEO, Gobierno de los distritos, contribuciones, leg. 12, exp. 32.</p>
</fn>
<fn id="fn7" fn-type="other">
<label>7</label>
<p>AGPEEO,  	Repartos y adjudicaciones, leg. 30, exp. 8.</p>
</fn>
<fn id="fn8" fn-type="other">
<label>8</label>
<p>AGPEEO,  	Repartos y adjudicaciones, leg. 30, exp. 8.</p>
</fn>
<fn id="fn9" fn-type="other">
<label>9</label>
<p>AGPEEO,  	Gobernación, gobierno de los distritos, leg. 29, exp. 49; AGPEEO,  	Gobierno de los distritos, tierras, leg. 34, exp. 14.</p>
</fn>
<fn id="fn10" fn-type="other">
<label>10</label>
<p>AGPEEO,  	Conflictos por tierras, leg. 77, exp. 20; AGPEEO, Repartos y  	adjudicaciones, leg. 26, exp. 16; AGPEEO, Repartos y adjudicaciones,  	leg. 26, exp. 18; AGPEEO, Periodo revolucionario, leg. 22, exp. 32.</p>
</fn>
<fn id="fn11" fn-type="other">
<label>11</label>
<p>AGPEEO,  	Gob. de los dtos, estadística, leg. 20, exp. 40.</p>
</fn>
<fn id="fn12" fn-type="other">
<label>12</label>
<p>AGPEEO,  Repartos y adjudicaciones, leg. 27, exp. 1, f. 38 bis.</p>
</fn>
<fn id="fn13" fn-type="other">
<label>13</label>
<p>AGPEEO, Catastro, leg. 265, carpeta 2.</p>
</fn>
<fn id="fn14" fn-type="other">
<label>14</label>
<p>AGPEEO,  Gob. de los distritos, estadística, leg. 20, exp. 40.</p>
</fn>
<fn id="fn15" fn-type="other">
<label>15</label>
<p>AGPEEO, Repartos y adjudicaciones, leg. 26, exp. 6. 16</p>
</fn>
<fn id="fn16" fn-type="other">
<label>17</label>
<p>AGPEEO,  	Repartos y adjudicaciones, leg. 26, exp. 1</p>
</fn>
<fn id="fn17" fn-type="other">
<label>18</label>
<p>CHHM,  George Cook Company, Caja 3, folder 3, Wilbur Cook a Edlo MacClue, 13  de agosto de 1901.</p>
</fn>
<fn id="fn18" fn-type="other">
<label>19</label>
<p>AGPEEO, Repartos y adjudicaciones, leg. 26, exp. 13.</p>
</fn>
<fn id="fn19" fn-type="other">
<label>20</label>
<p>Archivo Histórico del  Agua (en adelante AHA),  Aprovechamientos superficiales, caja 946, exp. 13399, f. 113.</p>
</fn>
<fn id="fn20" fn-type="other">
<label>21</label>
<p>AHA, Aprovechamientos superficiales, caja 946, exp. 13399; AHA,  	Aprovechamientos superficiales, caja 946, exp. 13398.</p>
</fn>
<fn id="fn21" fn-type="other">
<label>22</label>
<p>AHA, Aprovechamientos superficiales, caja 946, exp. 13399, f. 168;  	AGN, Caja de préstamos para obras de irrigación y fomento de la  	agricultura, caja 47, exp. 191.</p>
</fn>
<fn id="fn22" fn-type="other">
<label>23</label>
<p>CHHM, George D. Cook, Caja 2, folder 4, 3 de diciembre de 1901,  	Wilbur Cook a George Shaw Cook.</p>
</fn>
<fn id="fn23" fn-type="other">
<label>24</label>
<p>El  	Nacional,  	Oaxaca, Ecos breves, 2 de julio de 1898.</p>
</fn>
<fn id="fn24" fn-type="other">
<label>25</label>
<p>Sobre la plaga “mancha de hierro”, <xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref36">Basilio Rojas (1964:29-30)</xref>  	apunta que es una enfermedad “producida por un hongo (Omphalia  	Flabida, Mab) que se presenta en las hojas, formando una mancha café  	al principio y que pocos días después se vuelve blanca, teniendo  	en el centro un punto obscuro (…), generalmente se presenta en la  	época más lluviosa del año, en las temporadas de grandes  	aguaceros cuando existe una humedad muy intensa en el ambiente,  	desarrollándose con mucha fuerza y con una gran rapidez, pues no  	solo tira las hojas del cafeto sino también el grano (…)”.</p>
</fn>
<fn id="fn25" fn-type="other">
<label>26</label>
<p>AGPEEO,  	Fomento, leg. 3, exp. 2, f. 97. Sobre otros casos de plagas ver  	<xref ref-type="bibr" rid="redalyc_84559186007_ref3">Arrioja (2012)</xref>.</p>
</fn>
<fn id="fn26" fn-type="other">
<label>27</label>
<p>AGPEEO,  	Catastro, leg. 265.</p>
</fn>
<fn id="fn27" fn-type="other">
<label>28</label>
<p>AGPEEO,  	Catastro, leg. 264.</p>
</fn>
<fn id="fn28" fn-type="other">
<label>29</label>
<p>CHHM, fondo George Cook Company.</p>
</fn>
<fn id="fn29" fn-type="other">
<label>30</label>
<p>Court  	of appeals, pp. 929-933.</p>
</fn>
<fn id="fn30" fn-type="other">
<label>31</label>
<p>AHA,  	Aprovechamientos superficiales, caja 2821, exp. 39408, ff. 157-158.</p>
</fn>
<fn id="fn31" fn-type="other">
<label>32</label>
<p>AGN,  	Caja de Préstamos, caja 47, exp. 191, s.n.</p>
</fn>
<fn id="fn35" fn-type="other">
<label>16</label>
<p>Chicago  History Museum (en adelante CHHM), George Cook Company, Caja 3,  folder 3, Wilbur, “E. Cook a Geo Shaw Cook”, 21 de agosto de  1901; CHHM, George D. Cook, Caja 1, folder 5, “Wilbur Cook a George  Shaw Cook”, 23 de octubre de 1902.</p>
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